sábado 31 de octubre de 2009

Juegos peligrosos

Aprendemos desde muy pequeños que la única manera de entenderse, es hablando. Nos enseñan a usar la palabra para llegar a las personas de una manera civilizada y eficaz.

Después, con el tiempo, aprendemos que los silencios también tienen significados, y a veces pesan más que las palabras. Nos damos cuenta que algunas palabras tienen un peso en los demás que nos arrastran como remolinos, en ríos de los cuales no sabemos muy bien cómo salir.

Cuando abrimos la puerta para ir a jugar al mundo de los adultos, a veces sentimos que nos equivocamos de puerta. No puede ser que esa nueva realidad sea tan diferente.

El peso de las palabras cada vez adquiere mayor significado. No nos atrevemos a decir livianamente “te quiero”. Navidad no significa ya recibir regalos, sino entregarlos. Y el lenguaje se enriquece con expresiones que nos atan y nos liberan a la vez.

Al interactuar con el afuera-adulto, chocamos de repente y sin aviso con los manipuladores sociales. Personajes que despliegan sus artes como un mago, maravillándonos con trucos que, sin dejar de ser trucos, nos convencen.

Grandes artistas del doble mensaje, nos envuelven en su dialéctica con elaborados discursos políticamente correctos. Nos dicen lo que queremos escuchar, pero se guardan de cumplir con lo que pueda socavar sus puestitos electivos.

Nuestra grandilocuente Fiesta Nacional de la Nieve está siendo víctima de esta manipulación política.

No es necesario ir demasiado atrás en el tiempo para recordar fiestas donde las carrozas eran un ejemplo de ingenio y trabajo puesto a la orden del orgullo institucional. Las tejedoras, orgullosas poseedoras de una habilidad perfeccionada en años de trabajo, eran premiadas en un concurso destinado a poner en valor esa industria tan representativa.

De a poco la fiesta se fue pervirtiendo. Cuando el show de elección de la Reina de la Nieve tuvo que durar dos horas por ser ése el espacio destinado en la televisación, perdimos nuestra Fiesta.

Se convirtió en un producto enlatado más. Donde el presupuesto está asignado a brindar un show para la gente que está sentada haciendo zapping en un sillón rioplatense.

Y nos dejamos convencer. Todos los años nos prometen una fiesta para todos. Usan los íconos de la ciudad para vendernos un sueño que de a poco se convirtió en pesadilla.

Pregunten por qué las tejedoras no se molestan en presentarse al Concurso. O por qué la Fiesta de los Jardines en Villa la Angostura tiene muchísima mejor organización que nuestra fiesta, que se supone que es Nacional.

Y seguimos votando mal. Apostando a que esta vez, sea verdad. Queriendo creer que las caras son diferentes y los discursos no son sólo palabras fatuas. Que de verdad les interesa el bienestar de la comunidad, y van a trabajar para conseguirlo. Que el clientelismo no forma parte de las acciones de gobierno y que el cambio es posible.

Seguimos jugando a ser criaturas sentadas alrededor del árbol la noche de Navidad, esperando a un Papá Noel que nunca llegará.

sábado 22 de agosto de 2009

La ciudad sumergida




Estoy en el tren, mirando por la ventana cómo Venecia queda atrás. Toda mi vida quise conocerla, quizás por esa magia que tiene de vivir sumergida en el mar Adriático, como una moderna Atlantis del siglo XXI.


Sería ocioso contarles los monumentos, las esculturas, las pinturas que pasaron por mis deleitados ojos, porque son incontables e igual de difíciles de describir.


Sólo puedo hablar de sensaciones, de lo que me llevo en el alma como una marca más en el itinerario de maravillas, de magia encriptadas en fotos y palabras.


Venecia parece estancada en el tiempo y en el espacio. Los canales han estado ahí cuando Leonardo Da Vinci dibujaba, las callecitas estrechas albergando generaciones de marineros comerciantes desde tiempos inmemoriales.


Es raro esto de caminar por el borde del agua y sentir cómo late la ciudad bajo los pies, ruidosa, única, contrastante.


Amé los puentes, siempre y cuando no estuviera con el equipaje, verdadero dolor de cabeza a la hora de subir y bajar las escaleras de los puentecitos.


Odié los carteles que tapizaban la ciudad. Exposiciones, restauraciones, publicidades de nuevos lugares tapizaban los frentes con banners de tamaños exagerados. Bienvenida a Italia, donde nada es medido.


Caminé horas enteras, buscando lugares que no encontré sino por casualidad. Después de un tiempo sólo me dejaba llevar por la intuición, y cuando quería volver al hotel retomaba el mapa para encontrarme.


Los mapas venecianos tienen la mala constumbre de no coincidir con la realidad, pero eso es un detalle sin importancia, porque cada recodo del camino está lleno de lugares a descubrir. Algunas iglesias permanecen cerradas y en otras no te dejan entrar si tenés los hombros descubiertos.


Cada columna, pared, entrada está ornamentado, y los cuadros no son reproducciones, son originales. Alguien, hace 1500 ó 1600 años, se paró frente a este lienzo durante horas enteras para lograr esa luz y esos colores.


Venecia ha sido la cuna del comercio desde tiempos inmemoriales, y en sus callecitas estrechas continúa esa tradición con las mejores marcas y las firmas más destacadas, así como también los vendedores ambulantes y las tiendas de souvenirs, conviviendo con absoluto desparpajo en el escaso espacio disponible.


Es famosa por sus góndolas, por el cristal de una pequeña isla llamada Murano, por los encajes de una delicadeza absoluta, y por su bellísima Plaza San Marco.


Lo que no se conoce es ese sonido particular de la ciudad llena de turistas, una moderna Torre de Babel donde se entremezclan los sonidos en una melodía ininterrumpida.


Hasta la próxima visita, Venecia. Un pedacito de mi corazón se queda en tus intrincadas realidades

sábado 15 de agosto de 2009

Las microcriaturas








La playa es un lugar extraño. La primera vez que fui no vi nada raro. Me cautivó, sí, el rumor suave del agua que acaricia la playa y se despide con un susurro dulce y nítido.

La segunda vez que bajé a la playa llovía. El agua saturaba los espacios empapándolo todo de olor a mar. Nada se movía y a la vez, todo el lugar latía con un ritmo propio y tranquilo.

Ayer hizo calor. Me aprovisioné de toalla, lectura y protector solar y bajé a la playa otra vez.

Esta vez ví. Me limité a observar, tratando de no perturbar el delicado equilibrio que la naturaleza logró allí.

Para extender la toalla, corrí con el pie las algas que la marea había dejado sobre la arena, como amantes despechadas, esperando que vuelva a subir.
Cientos de pequeños animalitos huyeron despavoridos, saltando como grillos y buscando la protección en la arena caliente.

Una de ellos iba más lento que los demás : era una pequeña arañita negra y blanca, como si todo su cuerpo fuera el interruptor de una lámpara colgada detrás.
Caminaba vacilante, como si no supiera bien dónde ir. Pensé que tal vez habría un bar en el montoncito de algas, donde acostumbraban juntarse las arañitas de su clase a festejar algún partido de fútbol submarino.

Un poco más tarde caminé por el agua, que por supuesto estaba muy fría. Cerca del muelle las algas son las encargadas de ocultar la vida acuática a los bípedos curiosos. Ondulan y danzan al ritmo de una música que sólo escuchan ellas. Si miramos con atención, tal vez divisemos a medio camino entre el fondo y la superficie, ciertos movimientos más oscuros, algunas ondas que no siguen el ritmo de las algas, que tienen un motor propio y circular, un destino predeterminado y sin embargo errático.
Son las pequeñas criaturas que están creciendo para convertirse en peces de variadas formas y tamaños. Como en un jardín de infantes, se mantienen todos unidos y responden a un patrón sólo conocido por ellos, donde los peces de los costados mantienen a la troupe junta, y los líderes deciden por dónde circular.

Generalmente los más grandes van primero, y todos los pequeñitos corren detrás como si buscaran llamar la atención de sus hermanos mayores.

Nunca me sentí tan observada en mi vida. Estaba tan quieta mirándolos, que de pronto ellos perdieron el miedo y se acercaron. Estaban tan cerca que casi me rozaban. Me rodearon, mirándome con sus ojos redondos y analizándome mejor que los scanners de la policía aeroportuaria.

Cometí el error de moverme y todos se dispersaron para juntarse apresuradamente en el próximo banco de algas. Volví a quedarme quieta y de a grupitos de cinco o seis se acercaron y me observaron como si yo fuera un animalito en un zoológico.

Todo el tiempo que estuve en el agua, me acompañaron los que bauticé peces-tigre. Más grandes que las mojarritas que me rodeaban, estos pequeños peces tenían diseños de manchas marrones y beiges sobre sus cuerpos, y se movían cerca de la arena.
Ellos también me observaban, pero de costado, disimulando. Frenaban su movimeinto lo suficiente para quedarse a mi lado, abriendo sus bocas y respirando con envidiable facilidad.
Todo el tiempo que estuve en el agua, uno o dos de ellos me acompañaron.

Mientras buscaba pequeños caracoles, un movimiento me llamó la atención. De un caracol salían muchas patitas que corrían sobre las piedras del fondo con una rapidez inusitada. Lo levanté a tiempo de ver una especie de cangrejito guardarse dentro del caracol, dejando afuera sólo las patitas. Después de un momento se animó a salir, sólo para volver a guardarse rápidamente. Supongo que se asustó mucho, pobrecito.
Lo dejé en el mismo lugar y seguí buscando caracoles deshabitados de bicho-caracol y de veraneantes con pinzas.

Un susto : el agua está llena de algas, pero generalmente están en grupos y son fácilmente identificables y "escabullibles". Mientras miraba dormitar a un cangrejo enorme, con sus pinzas en reposo y el cuerpo exhánime, sentí un roce en los dedos de los pies muy suave, como de una planta jugando a hacerme cosquillitas. Miré hacia abajo al tiempo que sacudía un poco los dedos para liberarlos . No era una planta. Era una especie de serpiente, o un pez alargado y negro como la noche, moviéndose sobre mis dedos tal vez buscando un refugio o investigándome a su vez.

Empecé a saltar en el agua como si tuviera resortes. Parecía el Chapulín Colorado diciendo “ No contaban con mi astucia!”
Lo-que-sea-que-fuera salió ondeando a una velocidad increíble y me pregunté cuántas horas de terapia iba a necesitar superar su encuentro conmigo.

Salí del agua, junté mis cosas y volví a casa. Conmigo me llevaba las imágenes de todo un microuniverso, robadas en mi retina una tarde de verano.

jueves 6 de agosto de 2009

El inútil sonido de la ira

Nota : Ya sé que les va a extrañar que hable de la ira cuando estoy tan feliz, pero son cosas que a veces necesito poner en negro sobre blanco :D


El espacio abierto entre los sentimientos y la inteligencia a veces se llena de ruidos. Como interferencias en la frecuencia radial de un canal determinado, los rayos de luz negra de la ira cruzan de lado a lado nuestro entendimiento. Y de repente no vemos a nuestro prójimo/próximo. De un momento al otro nos estamos ahogando en un mar pegajoso y amarillo.


Lo peor de esas situaciones es la sensación de impotencia, la certeza de que nada de lo que hagamos o digamos servirá para aplacar el huracán de sensaciones que nos asfixia y envalentona.


Son los momentos en que deberíamos ahogar las palabras en cicuta y olvidarnos el idioma. Escarbar dentro de los armarios buscando los silencios que dejamos reposar y acomodar la lengua entre la encía y el paladar para no pronunciar las palabras que nos encadenen para siempre a la tristeza.


No hay nada peor que el peso de las letras cuando arrastran el ancla de la ira con ellas. Expresar en una misma frase, rápidamente, todas las cosas que odiamos del otro pasa a ser una salida fácil y cómoda. Después de todo, el enojo lo justifica.


Media hora después pagaríamos fortunas por no haber pronunciado ni una sola de esas condenaciones eternas, de esas cicatrices horadadas en la piedra de la memoria.


Caemos una y otra vez en la frustración de no poder expresar lo que sentimos. El lenguaje es sentido y sentimiento, y sin embargo a veces es tan pobre para expresar con claridad lo que nos pasa.


Podemos olvidar momentos, podemos dejar en el rincón más oscuro de nuestra memoria los recuerdos que preferimos perder.

Pero las palabras que oímos y aún peor, las que pronunciamos con ira, permanecen en nosotros como una marca vergonzosa y cruel.


No hay olvido posible para las palabras. No se pueden borrar de nuestro disco rígido con ningún formateo. Llegan para establecer su dominio sobre nuestros recuerdos y la próxima pelea estarán a disposición, con casco y armadura.


¿Cómo evitar almacenarlas? ¿ Cómo perdonarnos cuando herimos a las personas que más queremos?

Será que los sucesivos almanaques nos entregan también la sabiduría para evitar esos descensos al infierno?



Ojalá sepamos aprender antes de que se nos terminen los almanaques.


martes 21 de julio de 2009

El agua que canta






Llueve de este lado del planeta. Parece que fuera una ilusión óptica porque la lluvia es suave, tímida sobre el verde salvaje y el mar dormido. Apenas si una rama o dos se mueven al ritmo de una melodía sólo conocida por los gnomos.


Los pájaros no se toman vacaciones. Cumplen con su labor sin importarles si bajó la temperatura o hay mayor humedad. Sobrevuelan el jardín y se detienen sobre los árboles con una gracia propia e intrasferible.


Caminando por la orilla del mar, sobre las rocas veteadas por millones de años, el agua canta. No hay olas, no hay animales que emitan ese sonido de canción de cuna nítido y transparente.
Al principio pensé que eran las algas en su fru fru contra la playa. Pero después subí al muelle y el sonido continuaba.

Como campanitas de un cuento de hadas, el agua canta para recibir la lluvia mansa.

viernes 10 de julio de 2009

De compras en el súper de Norueguelandia.


Convengamos que no soy como la mayoría de la gente. No sólo por mi vegetarianismo feroz, sino porque me alucinan las cosas más extrañas como las semillas de zapallo y no me gustan cosas elementales como la mostaza, o la salsa de tomate.


Si a eso le agregamos que tengo que traducir del español al inglés lo que quiero, para hacerme entender por el vikingo y que éste encuentre a su vez el equivalente en norueganés, hacer las compras nos lleva sus buenas dos horitas y fracción.


Estamos en una comuna rural donde los mercados tienen de todo pero siguen siendo mercados de barrio, con una sola cajera que sólo de vez en cuando dicen algo más que hola.


Los carritos funcionan con monedas. Algo así como la prostitución del changuito. Le ponés la moneda, y anda. No le ponés la moneda y de la puerta no los arrancás ni a los empujones.


Tenés una sola entrada, angostita como para que las caderonas como yo quedemos atascados ya en la entrada, cosa de no molestar entre las góndolas.


Una vez que resolviste el problemita del changuito y de la entrada, te queda decidir qué corredor atacar primero. La lógica de la mosca indica la derecha por ejemplo, pero inevitablemente me siento inclinada hacia el stand de las frutas y verduras, por lo que el itinerario se ve interrumpido una y otra vez por idas y vueltas y repasadas por las dudas.


Lo más importante no es la lista de compras, sino descifrar qué corno hay bajo todo ese plástico de colores brillantes.


En las góndolas de las mantecas hay unos potecitos re mononos que tienen “Ensalada Italiana”, una mezcla de mayonesa con zanahoria rallada y no sé que más que estos pálidos engullen al desayuno como si nada. También hay otras variedades, tan indescifrables desde afuera como el código de Hammurabi.


Lo más importante en una cocina noruega es la tijera. Todo, absolutamente todo, está empaquetado. Desde los morrones hasta las zanahorias, el sachet de mayonesa en cajita, y las especias, en frasquito de vidrio selladas por supuesto con plástico.


Tal vez así no hubiera comprado, por ejemplo, jabón para las manos en vez de crema humectante, ú orégano en vez de perejil.


Todos los mercados tienen expendedores de caramelos. Uno se sirve con unas cucharitas de lo más mononas y se va re contento con sus caramelos bajo el brazo.


No existen las facturas, ni las panaderías donde comprarlas. Hacen unos muffins maravillosos y grandotes, con chips de chocolate y sin chips de chocolate, con frutas y sin frutas, pero todos básicamente iguales.

En uno de los mercados junto al pan había mediaslunas, que aquí se llaman croissants y no los compran mucho. Claro, no se van a la orilla del mar a tomar mate con facturas!


En una bolsita que distinguí un dibujito de canela había unos rollitos que no supe hasta que no los mordí si eran salados o dulces.Estaban más buenos que el dulce de leche hecho con leche condensada Nestlé, que, a propósito, todavía no encontré .


Lo más lindo de la cocina es, por supuesto, el lavaplatos. Es alimentado regularmente con todo lo que anda dando vueltas y puesto en funcionamiento apretando un botón mágico que borra de un plumazo todas las preocupaciones lozísticas y los restos de comida también.


Todas las casas separan la basura. Tienen tres inmensos recolectores de basura afuera, uno para papel, otro para plástico y otro para orgánico. Son retirados según un calendario preestablecido como si fuera el tributo al Sacerdote de la Basura.


Las latas y botellas hay que llevarlas de nuevo a la tienda, y ellos se encargan de reciclarlas.

No se engañen, no es fácil. Especialmente para una sudaca acostumbrada a separar sólo lo orgánico de lo inorgánico. Pero una vez que le agarrás el “tranquillo” sale con fritas.


Lo lindo de los carritos es que tienen rueditas. Y la calle tiene pendiente.


…¿servirán de roller-skate?

domingo 5 de julio de 2009

Un Vikingo en Molde


El vuelo en SAS, a esta altura del viaje, me despertaba tanta expectativa como el apareamiento de la tortuga de Galápagos una noche de verano. Subí sin otro objetivo que recostar el asiento y tratar de dormir. Fácil, excepto por el hecho de que los asientos son rígidos, así como los apoyabrazos. Un pequeño error de cálculo.

Hice lo que pude y traté de despertarme lo suficiente como para aceptar el té que la amable azafata me ofrecía, sacudirme un poco la modorra, acomodar los setecientos kilos de cosas en la mochila y bajar. Para cuando terminé, ya estaban limpiando el avión para el próximo viaje!
No había manga que me recibiera. Me pregunté si tenía que caminar o vendrían a buscarme en alguna clase de limousina…creo que TAM me malcrió demasiado!

Pisé tierrita noruega, o mejor dicho, asfalto noruego, mirando para todos lados como pueblerina recién llegada a Buenos Aires.
Hacía calor, considerando que eran las doce de la ¿noche?...claro, no existe la oscuridad estos meses del año.

Se me ocurrió mirar hacia la terminal y lo ví, sonriéndome tras el vidrio. Dos metros de huesos flacos me esperaban al final de tremendo viaje. Estaba tan feliz que largué todo para ir a abrazarlo. Casi lo tiro al piso, pobrecito. Menos mal que tenía una pared cerca para recuperar el equilibrio.
Subimos el equipaje al auto mientras yo trataba de bajar los decibeles de mi entusiasmo para no dejarlo sordo, o peor, que me pusiera en el próximo avión de regreso.

Demás está decir que dormí como un angelito y más horas de las que estoy dispuesta a confesar.

Ayer fuimos a Kristiansund. Por lo que he visto hasta ahora, Noruega está lleno de casitas desperdigadas por la campiña como caramelos que han caído de una piñata.

Por el camino pasamos por la famosa Atlantic Road, y tomamos el ferry.

En el puerto de Kristiansund solía haber tantos botes que se podía cruzar de lado a lado sólo saltando de bote en bote. Ahora el canal está ocupado por grandes barcos y de vez en cuando, uno que otro trasatlántico.

En aquellos tiempos las mujeres solían secar el pescado al sol, dándolo vuelta muchas veces durante el día para que se reseque parejo. Hay una estatua que recuerda esa tarea.

En las laderas de Kristiansund hay bunkers de la segunda guerra mundial, y el centro de la ciudad fue reconstruído por completo después del ’45.

Hay una leyenda sobre una de las pocas casas que perduró. Dicen que perteneció a un hombre que hizo su fortuna vendiendo pescado congelado. Mientras trabajaba en el mar, este hombre se vio en la posición de salvarle la vida a un sami, un chamán en su tribu. Este quedó tan agradecido que bendijo la casa de su salvador.

Durante la Guerra, toda la zona fue desvastada, menos su casa. Por supuesto que esto podría ser considerado una casualidad, pero años más tarde, los bomberos del lugar necesitaban una casa para demoler y quemar y hacer los ejercicios de salvamento.

Adivinen qué: no lograron incendiar la bendita casa.

¿Dónde habrá otro sami para salvar, digo yo?